Conozco no pocos pintores que han dejado de pintar a pesar de lo cual conservan su atelier. Conservar el estudio se convierte en el último acto artístico posible, en el decorado de un fracaso. Lo considero un acto de violencia extrema. Manchas de pintura, lienzos amontonados, botes con pinceles, papeles sucios, columnas de libros de lance, recortes fotográficos enganchados con chinchetas, ropas raídas, salpicaduras de óleo, cintas de casete. He visto miles de veces ese estudio. Lo vi en revistas especializadas de arte, en barrios depauperados del extrarradio, en naves industriales, en el casco viejo de muchas ciudades, en las casas de no pocos amigos. Es el último cuadro posible cuando ya nada es posible. Es el último suspiro de arte cuando ya no queda obra que pintar. Es la pintura moribunda, es el arte cadáver. Cuando uno hocica la ciudad desde hace más de veinte años, cada arista del asfalto es la cicatriz de un proyecto artístico fracasado. Reportero en una metrópoli plagada de crí...