Estiro del árbol genealógico y una rama cercana me entronca con el inventor de submarinos Narcís Monturiol. No hay lazos consanguíneos pero si políticos, detalle relevante para el chiquillo homérico que fui. Siempre sospeché que los avances sólo los hacen aquellos que rompen con lo establecido. Por eso me hice dibujante, performer, escritor, buzo, raro, cuando los míos querían un arquitecto o un médico. Barcelona condena a las medianías aunque permite ciertos excesos. No hay mayor exceso que el de la vida submarina o que el del ácrata que se niega a las etiquetas. Todavía nadie me regaló una escafandra pero muchos me obsequiaron con una etiqueta: ¡eres raro! Me limito a la apnea veraniega y a pactar con demiurgos de la cotidianidad para que los días funcionen, sin dejar de dibujar, escribir, performear, coleccionar piedras y juguetes ópticos, y conducirme por donde me venga en gana saltándome no pocos preceptos impuestos. ¡ Creep !, me cantan los Radiohead. ¡Anarquista!, gritan los cen...