La habitación de Z
Son muchas las mañanas que al ir hacia el trabajo atravieso los jardines de la España Industrial. Me gusta no repetir itinerarios matutinos, así que intento cada mañana recorrer la distancia entre la estación de tren y el museo en el que trabajo, buscando atajos diversos. Hacia las ocho, con las primeras luces del día, los servicios de limpieza del Ayuntamiento, los operarios de parques y jardines, avisan a indigentes y desheredados que duermen entre los matojos tallados a la inglesa del parque, de que deben recoger el campamento. Una treintena de clochards acopian sus petates, se desperezan se lavan la cara en las fuentes cercanas, limpian cacharros, se peinan. Muy a menudo franqueo esa agitación consentida por el Ayuntamiento preguntándome sobre lo lícito de esta dinámica admitida. ¿Puede una ciudad como Barcelona ver proliferar la vida indigente sin tener nada mejor que ofrecer que el césped de sus jardines? ¿Qué pasará cuando empiecen las lluvias otoñales y las heladas del invierno...