Estuve 15 años hablando con Roser una conversación que siempre quedó interrumpida. El primer día me regaló su poemario y encontramos un mundo afín. Arte, palabra e instante, suburbios y sombras. Hablamos mucho, todos los días hasta que los días nos separaron. Tras años, la charla siguió en una inhóspita ciudad castellana. Coincidimos pocas horas pero hablamos y hablamos. Arte efímero, familia, malquerencias, poesía, trabajo, tejidos. Luego nos volvimos a encontrar y me enseñó las reservas de un museo textil. Acotó métodos de almacenamiento, registro y conservación de vestidos, y tomando café nos prometimos colaboraciones y montones de palabras. Cogimos la costumbre de vernos una o dos veces al año. Roser te escrutaba con la mirada, te desnudaba y te acompañaba hasta la cuerda floja. No nos contábamos mucho en esos encuentros, aunque siempre lo suficiente como para desequilibrarnos. Un día me invitó a hablarles a otros sobre mis métodos y maneras, sobre cómo sostener un arte funambulist...
Espléndido, el cómic...
ResponEliminaNo tengo muy claro el poder discriminar entre mis preferencias personales y las presencias "reales" en la producción de la última década. Pero ahí va mi réplica:
Yo añadiría a Chris Ware, cuya influencia sigue siendo apabullante. A los Hernández Bros. Y a todos los epígonos de Crumb, que han ido afilando eso que ya no se llama "underground". Y a Andrea Pazienza, infravalorado (menos en Italia)... En fin, es complejo, en eso coincidimos. Veo la evolución (si, yo creo que es una evolución)del cómic como una red intrincada con infinitas conexiones imposibles de aislar. Sobre todo porque la red se extiende más allá del mundillo del cómic. Y esa es una de las características que me gusta pensar como esencial en la influencia sobre la última producción: el fin de la autoreferencialidad (seguro que esta palabra no existe), la apertura...
Seguiremos comentando, cumpañ...