Nunca gané en nada. No fui primero, no tuve laudes ni victorias aplastantes. En justicia debo aclarar que tampoco fui último, no pertenezco a grupos excluidos, no quedé vacío por las pérdidas. Me mantuve mediano, segundón empedernido, perdedor. Siempre lleno de pequeñismos, de fragmentos dislocados conformando un todo. Cumplí la mitad de mi vida, así, al paso de los años. -¡Ya es mediodía! ¡Qué pronto nos llega la muerte!- decía el dibujante Roland Topor. Bien asentado en esa poética de los días, vivo el instante sin dejarme avasallar por los pasados, sin esperar del mañana. La felicidad fue un bosque nevado, un vasito de orujo, los anaqueles bruñidos de una vieja librería, el roce de pieles, unas sandalias sumergibles, un cuchillo escandinavo, correr al trote, nadar desnudo sobre abismos de roca, dibujar cuadernos. Miento. Dibujar fue algo oscuro y obsesivo. Pasé noches emborronando folios, mojando grafos en el tintero, escrutando imágenes. Bebiendo orujo hasta el aturdimiento, ...