Estuve 15 años hablando con Roser una conversación que siempre quedó interrumpida. El primer día me regaló su poemario y encontramos un mundo afín. Arte, palabra e instante, suburbios y sombras. Hablamos mucho, todos los días hasta que los días nos separaron. Tras años, la charla siguió en una inhóspita ciudad castellana. Coincidimos pocas horas pero hablamos y hablamos. Arte efímero, familia, malquerencias, poesía, trabajo, tejidos. Luego nos volvimos a encontrar y me enseñó las reservas de un museo textil. Acotó métodos de almacenamiento, registro y conservación de vestidos, y tomando café nos prometimos colaboraciones y montones de palabras. Cogimos la costumbre de vernos una o dos veces al año. Roser te escrutaba con la mirada, te desnudaba y te acompañaba hasta la cuerda floja. No nos contábamos mucho en esos encuentros, aunque siempre lo suficiente como para desequilibrarnos. Un día me invitó a hablarles a otros sobre mis métodos y maneras, sobre cómo sostener un arte funambulist...
La mediana edad es el eje central de la especie. Alcanzamos nuestro auge cognitivo. La salud mental se estabiliza. Las relaciones afectivas se reinventan. Creación y destrucción conviven. Los de la mediana edad, dice la sociología, somos difusores de cultura y conocimiento. No hay mamíferos cuya mediana edad se dilate veinte años, como nos pasa a los humanos. Necesitamos cuarentones y cincuentones que auxilien a los jóvenes cachorros. La mediana edad es la culminación de nuestra especie y el inicio del declive. Paseo con una vara de avellanero recién tallada con mi navaja Opinel. Camino por un trilladísimo sendero y, sin embargo, me pierdo en diatribas sobre la mediana edad. La ciudad me reclama. Se inaugura una exposición de una artista amiga; un escritor con el que colaboro me llama para que nos emborrachemos en el Raval; un viejo ausente reaparece en mis días y propone crear una tertulia en el barrio viejo. Diseños, museografías, tertulias, librerías, cafés, edificios amigos, memori...
-Todas las mujeres de mi familia, todas las que al nacer somos bautizadas bajo un naranjo, somos meigas - cuenta Mercedes. -A mi no me bautizaron al nacer, pero me bauticé yo bajo el árbol más tarde- Mercedes regenta el bar sin nombre de la estación de S.C. Aunque Perdedor vive ahora en Sant Esteve, sigue cogiendo el tren en S.C. Mercedes es una argentina ancha de ascendencia gallega, muy vocinglera, que sirve cafés, te lee las líneas de la mano, hace Reiki o te receta hierbajos para curar los males, con vozarrón abusivo a las siete de la mañana. Pero cualquiera le canta las cuarenta a la madame. De un sopapo te salta los dientes, te silba huracanes y te garrocha un maleficio que te deja tieso allí mismo. Perdedor consiente los voceos y las nigromancias, incluso el mal café de la locomotora que chifla sobre la barra del bar, porque sabe que esta es tierra de brujas y círculos, y sabe que hay ritos a respetar a las siete de la mañana: el café de Mercedes es uno de ellos y el nunca aband...
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